Les comparto una experiencia de menos de una semana, de haber vivido la misión de Navidad con las familias que habitan las zonas altas del Cerro Champaquí (Córdoba). Es para muchos, un viaje de transformación profunda. No es solo un ascenso físico, sino un encuentro con una cultura de resistencia, hospitalidad y fe profunda y genuina.
La misión lo realizamos, Anahí, Milena, (ellas son madre e hija), el P. Gabriel
y yo.
Las familias que viven en los
puestos tienen una relación con el tiempo y el silencio muy distinta a la de la
ciudad. La misión no se trata de
"llevar" algo, sino de compartir la vida, la fe y en esta ocasión, LA
PALABRA DE DIOS, que nos prepara para en nacimiento; en torno a la mesa también
se comparte el mate, el pan casero y las historias de vidas. La sencillez como
valor. Ver que la felicidad y la gratitud de estas familias no dependen del
consumo, sino de la salud, el ganado y el bienestar de los vecinos, que a
menudo viven a kilómetros de distancia. Escuchar y acoger su realidad es parte
fundamental de la misión. Las familias enfrentan condiciones de todos indoles.
El acceso suele ser solo a pie o a lomo de mula. Esto dificulta la atención
médica o la educación diaria de los niños (quienes a menudo asisten a escuelas
albergue).
Me resulta admirable y
desafiante, escuchar las experiencias y entender cómo la fe y la perseverancia
mantienen en pie a estas gentes, en estos puestos durante generaciones.
Nosotros nos propusimos subir el
día 15 de diciembre, pero fue imposible por la lluvia de día anterior y tuvimos
que posponer para el día 16, ahí ya contábamos con un día menos para llegar a
todas las familias para poder dejarles un mensaje de navidad, pero como el
Dueño de la misión es Dios, el nos regalo las fuerzas y ánimo, y tiempo para
poder llegar a todos, para conversar, rezar juntos o simplemente escuchar.
El primer día todos ya estaban
esperando en la capilla San José a 2100 m.s.n.m. para la Celebración
Eucarística, donde el P. Gabriel celebro para ellos la misa de Navidad.
El día siguiente tuvimos en una
casa de familia, una hermosa experiencia de la Lectura Orante de la Palabra, y
para ellos era la primera vez que participaban, ya que nunca tuvieron la
posibilidad de hacerlo allí, pudimos experimentar que Dios realmente se hizo
presente en su PALABRA para esas gentes y en ese lugar.
Fuimos incluso a visitar a la
ultima familia que se encuentra en la base del Cerro Negro, unas 2hs de subida
con el viento en contra, allí también pudimos celebrar con la familia la Misa
de Navidad.
Lo que me queda de la experiencia.
"En el Champaquí, uno sube creyendo que va a dar, pero baja sintiendo que
recibió mucho más de lo que entregó." Es una oportunidad para despojarse
de lo innecesario. El celular pierde señal, el reloj pierde importancia y lo
único que queda es el vínculo humano frente a la inmensidad de la montaña. La
calidez y sencillez de las personas al confiarte sus historias, vivencias ya
sea buenas y difíciles, escuchar y dejar que Dios responda a través de mí,
experimentar que solo soy un instrumento de Dios y nada más.
Misionar no es solo compartir el Evangelio, misionar es vivir el evangelio. Es rezarlo y ver a Dios hacerse
evidente en las personas con las que compartimos. En la sonrisa de un niño, en
el testimonio de un joven o un adulto, en un gesto de un compañero misionero.
Agradezco a Anahí, Milena y al P. Gabriel por los lindos, genuinos y valiosos
días de misión. (también pudimos compartir risas, aventuras y momentos
insólitos).
Entre las cosas más hermosas de
la misión está también la dimensión comunitaria, convivir esa semana con tus
compañeros misioneros, escuchar sus historias, conocer sus vidas y experiencias
de Dios. Conocer cómo otros ven y viven a Dios es de las cosas más ricas que
hay para el proceso personal de cada uno, pero más importante, para el proceso
grupal como comunidad misionera, porque conocer al otro en lo más profundo, es
esencial para entenderlo y acompañarlo. Y en esto vuelve aquello de no
guardarnos nada para nosotros mismos.
Uno llega a la misión, pronto para compartir y dar todo lo que tiene para dar, pero se encuentra con algo que no esperaba. Nos encontramos con que por más que demos y demos, nunca podremos dar tanto como lo que recibimos, porque la comunidad que nos recibe nos recuerda lo que es la gratitud, que a veces en nuestro día a día lo olvidamos, o lo pasamos por alto. Esa gratitud tan auténtica y real, es lo que nos muestra a ese Dios vivo presente en todas aquellas personas, a ese amor de Jesús incondicional. Una gratitud que nos enseña a vivir a raíz de ella. Porque para amar, hay que agradecer, y para agradecer hay que vivir atento al otro y a Dios. Es este, el tesoro que me queda y lo traigo del Champaquí y el estilo de vida que quiero vivir. Hna. Leopoldina


