Nuestros santos protectores

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martes, 23 de diciembre de 2025

Misionar en el Champaqui

 Les comparto una experiencia de menos de una semana, de haber vivido la misión de Navidad con las familias que habitan las zonas altas del Cerro Champaquí (Córdoba). Es para muchos, un viaje de transformación profunda. No es solo un ascenso físico, sino un encuentro con una cultura de resistencia, hospitalidad y fe profunda y genuina.

La misión lo realizamos, Anahí, Milena, (ellas son madre e hija), el P. Gabriel  y yo.

Las familias que viven en los puestos tienen una relación con el tiempo y el silencio muy distinta a la de la ciudad.  La misión no se trata de "llevar" algo, sino de compartir la vida, la fe y en esta ocasión, LA PALABRA DE DIOS, que nos prepara para en nacimiento; en torno a la mesa también se comparte el mate, el pan casero y las historias de vidas. La sencillez como valor. Ver que la felicidad y la gratitud de estas familias no dependen del consumo, sino de la salud, el ganado y el bienestar de los vecinos, que a menudo viven a kilómetros de distancia. Escuchar y acoger su realidad es parte fundamental de la misión. Las familias enfrentan condiciones de todos indoles. El acceso suele ser solo a pie o a lomo de mula. Esto dificulta la atención médica o la educación diaria de los niños (quienes a menudo asisten a escuelas albergue).

Me resulta admirable y desafiante, escuchar las experiencias y entender cómo la fe y la perseverancia mantienen en pie a estas gentes, en estos puestos durante generaciones.

Nosotros nos propusimos subir el día 15 de diciembre, pero fue imposible por la lluvia de día anterior y tuvimos que posponer para el día 16, ahí ya contábamos con un día menos para llegar a todas las familias para poder dejarles un mensaje de navidad, pero como el Dueño de la misión es Dios, el nos regalo las fuerzas y ánimo, y tiempo para poder llegar a todos, para conversar, rezar juntos o simplemente escuchar.

El primer día todos ya estaban esperando en la capilla San José a 2100 m.s.n.m. para la Celebración Eucarística, donde el P. Gabriel celebro para ellos la misa de Navidad.

El día siguiente tuvimos en una casa de familia, una hermosa experiencia de la Lectura Orante de la Palabra, y para ellos era la primera vez que participaban, ya que nunca tuvieron la posibilidad de hacerlo allí, pudimos experimentar que Dios realmente se hizo presente en su PALABRA para esas gentes y en ese lugar.

Fuimos incluso a visitar a la ultima familia que se encuentra en la base del Cerro Negro, unas 2hs de subida con el viento en contra, allí también pudimos celebrar con la familia la Misa de Navidad. 

Lo que me queda de la experiencia. "En el Champaquí, uno sube creyendo que va a dar, pero baja sintiendo que recibió mucho más de lo que entregó." Es una oportunidad para despojarse de lo innecesario. El celular pierde señal, el reloj pierde importancia y lo único que queda es el vínculo humano frente a la inmensidad de la montaña. La calidez y sencillez de las personas al confiarte sus historias, vivencias ya sea buenas y difíciles, escuchar y dejar que Dios responda a través de mí, experimentar que solo soy un instrumento de Dios y nada más.  

Misionar no es solo compartir el Evangelio, misionar es vivir el evangelio. Es rezarlo y ver a Dios hacerse evidente en las personas con las que compartimos. En la sonrisa de un niño, en el testimonio de un joven o un adulto, en un gesto de un compañero misionero. Agradezco a Anahí, Milena y al P. Gabriel por los lindos, genuinos y valiosos días de misión. (también pudimos compartir risas, aventuras y momentos insólitos).

Entre las cosas más hermosas de la misión está también la dimensión comunitaria, convivir esa semana con tus compañeros misioneros, escuchar sus historias, conocer sus vidas y experiencias de Dios. Conocer cómo otros ven y viven a Dios es de las cosas más ricas que hay para el proceso personal de cada uno, pero más importante, para el proceso grupal como comunidad misionera, porque conocer al otro en lo más profundo, es esencial para entenderlo y acompañarlo. Y en esto vuelve aquello de no guardarnos nada para nosotros mismos.

Uno llega a la misión, pronto para compartir y dar todo lo que tiene para dar, pero se encuentra con algo que no esperaba. Nos encontramos con que por más que demos y demos, nunca podremos dar tanto como lo que recibimos, porque la comunidad que nos recibe nos recuerda lo que es la gratitud, que a veces en nuestro día a día lo olvidamos, o lo pasamos por alto. Esa gratitud tan auténtica y real, es lo que nos muestra a ese Dios vivo presente en todas aquellas personas, a ese amor de Jesús incondicional. Una gratitud que nos enseña a vivir a raíz de ella. Porque para amar, hay que agradecer, y para agradecer hay que vivir atento al otro y a Dios. Es este, el tesoro que me queda y lo traigo del Champaquí y el estilo de vida que quiero vivir. Hna. Leopoldina