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Novedades sobre la vida y apostolado de las Hermanas Franciscanas de la Caridad Cristiana, de la Familia Franciscana y de la Iglesia...
Nuestros santos protectores
domingo, 2 de agosto de 2026
Perdón de Asís 2026
miércoles, 22 de julio de 2026
María Magdalena: la fe que nace de un corazón que busca
La mañana de aquel primer domingo tras la muerte de Jesús, María Magdalena no para de correr (Jn 20, 1-18). Cuando aún es de noche, corre hacia el sepulcro. Al encontrarlo vacío, corre de vuelta a buscar a Pedro y al discípulo amado. Vienen, ven y se marchan.
María regresa. Se queda. Llora. Anhela. Está inconsolable... Se niega a abandonar el lugar donde debería estar aquel a quien ama.
Ella siente. Acepta su vacío y su decepción. No niega su confusión. Se expresa a través de las lágrimas. Su amor inquebrantable no le permite alejarse.
Por dos veces oye la misma pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Y por dos veces responde que está buscando a su Señor.
Lo echa de menos. No puede vivir sin su cuerpo, aunque esté muerto. Aunque lo único que pueda hacer sea cuidar de su cuerpo sin vida.
Y tú, Jesús, lo sabes. Por eso le preguntaste: «¿A quién buscas?». Ella simplemente te quiere a ti. Solo el amor puede llevarnos más allá de lo que parece sorprendentemente irracional.
Y entonces, en un instante, todo cambia, porque tú, Jesús, pronuncias una sola palabra. «solamente di la palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). Y la única palabra que pronuncias es: «¡María!».
La llamaste a ella y nos llamas a nosotros por nuestro nombre. Tu primera palabra de Pascua no es una doctrina. No es una norma ni un dogma. Es un nombre. Nuestro nombre en tu voz.
Y luego haces algo aún más sorprendente: «Anda, ve a mis hermanos y diles…»
María fue enviada a aquellos que no se habían quedado a los pies de la cruz con ella y las demás mujeres; a aquellos que no lo buscaban; a aquellos que se habían dejado llevar por la negación y la cobardía; y a aquellos que creían que era una tontería que una mujer pensara que Él pudiera estar vivo.
«Anda, ve a mis hermanos», dijo Jesús. El Evangelio nos cuenta que los propios apóstoles recibieron la mayor noticia de la historia de manos de una mujer cuya cualidad más admirable fue amar tanto que permaneció en el corazón de las tinieblas. Ella es la primera en proclamar el misterio de la fe: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, he visto al Señor». La Iglesia no debe olvidar esto jamás. Y nosotras tampoco.
La fe en Cristo resucitado brota de un corazón vacío que busca a aquel a quien su alma ama (Cantar de los Cantares 3,1). La fe surge de una sed ardiente. La fe necesita oír cómo Jesús nos llama por nuestro nombre, de tal manera que nuestra vida sea totalmente transformada, renovada y enviada.
Dejemos que Jesús nos pregunte:
¿Qué te hace llorar en este momento de tu vida? ¿A quién estás buscando? ¿Me permites decir tu nombre una y otra vez en tu oración? Ahora: «¡Ve y diles a mis hermanos y hermanas que estoy vivo!»
Paula Jordão, fmvd
Coordinadora de formación de la UISG
jueves, 2 de abril de 2026
Carta del Ministro general para la Pascua 2026: La muerte se convierte en hermana
Pascua – Transformados por la esperanza
PASCUA – una transformación dramática de «¿Quién nos correrá la piedra?» (Mc 16,3) a «¡He visto al Señor!» (Jn 20,18)
La Pascua es una experiencia.
viernes, 20 de marzo de 2026
5ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza
“El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá …¿Crees esto?”
jueves, 12 de marzo de 2026
4ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza
De la ceguera a la vista, de la oscuridad a la luz
«Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» Romanos 5,5
Ser ciego debe de ser una discapacidad debilitante que priva de muchas posibilidades de vida. Así debió de ser también en tiempos de Jesús, cuando las personas ciegas, los discapacitados físicos, quienes padecían enfermedades mentales, los poseídos por espíritus malignos y las mujeres discriminadas estaban entre aquellos a quienes Él favorecía especialmente en su misión de sanar y redimir. Los ciegos quizá no podían ver a Jesús, pero lo más importante es que Cristo veía su ceguera no como un pecado, sino como una ocasión «para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3). Es esta alegría interior de experimentar a Cristo la que provoca no solo la restauración de la vista, sino también la renovación del corazón: «caminamos por la fe y no por la vista» (2 Cor 5,7). La alegría no consiste solo en ver a Jesús, sino en vivir y estar con Él: esto es lo que significa la vida consagrada.
En este cuarto domingo de Cuaresma, domingo Laetare, cuando Jesús se encuentra con el hombre ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), la vista que le devuelve no solo le permite ver el mundo, sino, sobre todo, acoger con fe a Aquel que lo ha sanado. Laetare resuena como la plenitud de la alegría, no solo por lo que uno ve, sino por acoger a Jesús mismo, la Luz del mundo (Jn 9,5). A diferencia de los vecinos del ciego (Jn 9,8-12), cuya curiosidad y desconocimiento les impedían reconocer a Jesús. La inquisición, la sordera y las dudas de los fariseos también los cegaban ante la luz que Jesús mismo ofrecía (Jn 9,13-34). Así, Jesús se dirige a otro tipo de ceguera: no física, sino espiritual (Jn 9,35-41).
La ceguera espiritual en la vida consagrada, como la de los fariseos en Juan 9, se refiere al riesgo de centrarse únicamente en lo externo (normas, apariencias) en lugar de poseer una verdadera visión espiritual (amor, misericordia, la luz de Jesús). Significa priorizar las estructuras sobre las personas o sobre la misión, no reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana, ignorar las inspiraciones interiores o las áreas de crecimiento, y “ver” solo desde la propia perspectiva personal y no desde la de Dios. Este domingo Laetare llama con urgencia a las mujeres consagradas a responder a esta ceguera espiritual mediante un corazón renovado y una mente transformada:
- Abrazar y practicar la escucha profética: atender al clamor de los pobres.
- Servir con humildad: ser sensibles a las necesidades de los enfermos en nuestras comunidades.
- Acompañar, orientar y comprometerse en el ministerio de la presencia.
- Guiar, como la mujer samaritana (Jn 4), que al ver a Jesús conduce a otros hacia Él.
- Compartir historias de la misericordia de Dios, revelando su luz en medio de la oscuridad.





