Nuestros santos protectores

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domingo, 2 de agosto de 2026

Perdón de Asís 2026

 Durante el año jubilar franciscano


El 1 de agosto se inauguró el Perdón de Asís 2026 con la celebración eucarística presidida por el Ministro general, Fr. Massimo Fusarelli. Hasta la medianoche del 2 de agosto, la celebración acogerá a miles de peregrinos que llegan a la basílica de Santa María de los Ángeles para la «Indulgencia de la Porciúncula».

En su homilía, Fr. Massimo se detuvo en el motivo por el que Francisco eligió terminar su vida terrenal precisamente en la Porciúncula, un pequeño lugar «que es a la vez seno y sepulcro, cuna de una vida y umbral de su plenitud».

Recordando cómo Dios eligió a María en otro pequeño lugar, Nazaret, el Ministro general comparó el temor de la Virgen, turbada por las palabras del ángel, con nuestros temores actuales: ante la guerra, las ciudades destruidas y la violencia que nos rodea. Al igual que María, que dialogó con el Señor, también nosotros estamos llamados a «abrir caminos hacia la paz y el perdón hacia un futuro diferente», partiendo de nuestro propio contexto.

Y al hablar de Francisco, Fr.  Massimo subrayó cómo el Poverello de Asís comprendió que el perdón no es un premio merecido, sino un don que hay que aceptar: «Aquí él escuchó el Evangelio que le aclaró su vocación; aquí reunió a los primeros hermanos; aquí obtuvo el perdón para todos… Al final, pide que lo depositen desnudo sobre la tierra. Bendice a los hermanos, perdona y pide perdón. Su tránsito a la gloria es un último gran acto de reconciliación».

Al enmarcar la Fiesta del Perdón en el contexto más amplio del Año Franciscano, que conmemora los 800 años de la muerte de Francisco, Fr. Massimo quiso enviar un mensaje a toda la Iglesia: «También en la Iglesia, el perdón es hoy un camino necesario. Cada vez que absolutizamos una forma, una sensibilidad, una tradición, y la utilizamos contra los hermanos, herimos la comunión y la unidad de los discípulos… Francisco nos enseña el camino: amar a la Iglesia sin dividirla». Una vez concluido el programa del Perdón 2026, el 3 de agosto comenzó «GO! Franciscan Youth Meeting», el evento que está acogiendo en Asís a miles de jóvenes europeos. Mañana, 6 de agosto, estará presente también el papa León XIV, quien, tras el encuentro con los jóvenes, presidirá la solemne celebración eucarística en la basílica de Santa María de los Ángeles.

Al término de la celebración eucarística se leyó un fragmento del Diploma de Teobaldo, el documento que transmite el origen del Perdón de Asís y el deseo de Francisco de obtener para Santa María de la Porciúncula una gracia abierta a todos. Según el relato, Francisco pidió al papa Honorio III no “años, sino almas”, para que cuantos entrasen en aquella iglesia “confesados, arrepentidos y, como conviene, absueltos por el sacerdote” pudieran recibir el perdón. Ante la grandeza de la petición, el Santo explicó que no provenía de él, sino “de parte de Aquel que me ha enviado, el Señor Jesucristo”. Y cuando el papa le preguntó qué prueba aportaría de tal Indulgencia, Francisco respondió con sencilla confianza: “Para mí basta vuestra palabra. Si es obra de Dios, a Él le toca manifestarla”, añadiendo que no quería otro instrumento sino que “la Virgen María sea el pergamino, Cristo sea el notario y los Ángeles sean los testigos”.

Después de la lectura, el Ministro general se dirigió en procesión hacia la Porciúncula. Ante la pequeña iglesia, tan querida por San Francisco, prosiguió el rito de apertura. Tras rezar el Padre Nuestro —una de las condiciones previstas para recibir la Indulgencia—, abrió las puertas de la Porciúncula y, después de un breve momento de oración en silencio, incensó la iglesia, impartió la bendición y declaró abierta la Fiesta del Perdón de Asís.

Condiciones para recibir la Indulgencia de la Porciúncula (para sí o para los difuntos)

El Perdón de Asís se puede obtener desde el mediodía del 1 de agosto hasta la medianoche del 2 de agosto en todas las iglesias franciscanas o parroquiales, observando estas condiciones:

Confesión sacramental para estar en gracia de Dios (en los ocho días anteriores o siguientes);
Participación en la Misa y Comunión eucarística;
Visita a la iglesia de la Porciúncula o a una iglesia franciscana en el mundo o iglesia parroquial, donde se renueva la profesión de fe, mediante el rezo del Credo, para reafirmar la propia identidad cristiana;
El rezo del Padre Nuestro, para reafirmar la propia dignidad de hijos de Dios, recibida en el Bautismo;
Una oración según las intenciones del Papa, para reafirmar la propia pertenencia a la Iglesia, cuyo fundamento y centro visible de unidad es el Romano Pontífice.


miércoles, 22 de julio de 2026

María Magdalena: la fe que nace de un corazón que busca

 


La mañana de aquel primer domingo tras la muerte de Jesús, María Magdalena no para de correr (Jn 20, 1-18). Cuando aún es de noche, corre hacia el sepulcro. Al encontrarlo vacío, corre de vuelta a buscar a Pedro y al discípulo amado. Vienen, ven y se marchan. 

María regresa. Se queda. Llora. Anhela. Está inconsolable... Se niega a abandonar el lugar donde debería estar aquel a quien ama. 

Ella siente. Acepta su vacío y su decepción. No niega su confusión. Se expresa a través de las lágrimas. Su amor inquebrantable no le permite alejarse.

Por dos veces oye la misma pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Y por dos veces responde que está buscando a su Señor. 

Lo echa de menos. No puede vivir sin su cuerpo, aunque esté muerto. Aunque lo único que pueda hacer sea cuidar de su cuerpo sin vida.

Y tú, Jesús, lo sabes. Por eso le preguntaste: «¿A quién buscas?». Ella simplemente te quiere a ti. Solo el amor puede llevarnos más allá de lo que parece sorprendentemente irracional.

Y entonces, en un instante, todo cambia, porque tú, Jesús, pronuncias una sola palabra. «solamente di la palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). Y la única palabra que pronuncias es: «¡María!».

La llamaste a ella y nos llamas a nosotros por nuestro nombre. Tu primera palabra de Pascua no es una doctrina. No es una norma ni un dogma. Es un nombre. Nuestro nombre en tu voz. 

Y luego haces algo aún más sorprendente: «Anda, ve a mis hermanos y diles…»

María fue enviada a aquellos que no se habían quedado a los pies de la cruz con ella y las demás mujeres; a aquellos que no lo buscaban; a aquellos que se habían dejado llevar por la negación y la cobardía; y a aquellos que creían que era una tontería que una mujer pensara que Él pudiera estar vivo. 

«Anda, ve a mis hermanos», dijo Jesús. El Evangelio nos cuenta que los propios apóstoles recibieron la mayor noticia de la historia de manos de una mujer cuya cualidad más admirable fue amar tanto que permaneció en el corazón de las tinieblas. Ella es la primera en proclamar el misterio de la fe: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, he visto al Señor». La Iglesia no debe olvidar esto jamás. Y nosotras tampoco. 

La fe en Cristo resucitado brota de un corazón vacío que busca a aquel a quien su alma ama (Cantar de los Cantares 3,1). La fe surge de una sed ardiente. La fe necesita oír cómo Jesús nos llama por nuestro nombre, de tal manera que nuestra vida sea totalmente transformada, renovada y enviada. 

Dejemos que Jesús nos pregunte: 

¿Qué te hace llorar en este momento de tu vida? ¿A quién estás buscando? ¿Me permites decir tu nombre una y otra vez en tu oración? Ahora: «¡Ve y diles a mis hermanos y hermanas que estoy vivo!»

 Paula Jordão, fmvd

Coordinadora de formación de la UISG

jueves, 2 de abril de 2026

Carta del Ministro general para la Pascua 2026: La muerte se convierte en hermana

 

                                    
A los Hermanos de la Orden
A las Hermanas Clarisas y Concepcionistas
A las Hermanas Franciscanas afiliadas a la Orden
A las laicas y laicos franciscanos

Roma a 29 de marzo de 2026
Domingo de Ramos

Estimados hermanos y hermanas
¡Que el Señor les dé la paz!

Este año se cumple el octavo centenario de la muerte de san Francisco. En este contexto, celebramos la Pascua del Señor con una conciencia renovada: Francisco, aunque murió el 3 de octubre de 1226, lejos del tiempo litúrgico pascual, experimentó su muerte como una verdadera Pascua, hasta el punto de llamarla “hermana”.
Hay un gesto elocuente que lo atestigua: Francisco quiso escuchar el capítulo 13 del Evangelio de Juan, el relato del lavatorio de los pies, que habla de servicio y humildad. En ese momento supremo, ya había traspasado el umbral de la muerte, habitando en el corazón mismo del misterio pascual de Cristo.
Actualmente vivimos en una época llena de incertidumbres: los cambios geopolíticos, las guerras que desgarran a pueblos y naciones, así como las crisis en nuestras sociedades nos desafían. Es fácil buscar consuelos superficiales ante tales dificultades. A pesar de ello, Francisco nos enseña otro camino.

Leer el texto completo de la Carta: Lettera_MG_Pasqua_2026_ES.pdf

Pascua – Transformados por la esperanza


PASCUA – una transformación dramática de «¿Quién nos correrá la piedra?» (Mc 16,3) a «¡He visto al Señor!» (Jn 20,18)

Hemos estado reflexionando, con la ayuda de las lecturas litúrgicas de los domingos de Cuaresma, sobre la misión salvadora de Jesús en relación con nuestro camino de fe. Este camino de fe alcanza su culminación en la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los días más sagrados para todos los cristianos.

La Iglesia nos presenta varios relatos de la resurrección para la liturgia de Pascua, todos llenos de mensajes de paz, alegría y transformación. El Evangelio de la Vigilia Pascual (Mt 28,1-10) repite dos veces: no tengáis miedo (vv. 5,10). Las mujeres en el relato estaban llenas de temor, pero también de alegría (v. 8). Esta curiosa coexistencia de miedo y alegría también aparece en el relato de Marcos, en la pregunta de las mujeres: «¿Quién nos correrá la piedra?» (Mc 16,3), y en el Evangelio de Juan en la proclamación: «¡He visto al Señor!» (Jn 20,18).

Los caminos de Dios superan los nuestros. Lo que parecía una derrota aplastante resultó ser, en realidad, la victoria más grande jamás vista. El Sábado Santo nos recuerda que las situaciones que parecen más catastróficas no siempre son lo que parecen. En un mundo devastado por la guerra y al borde de la desesperación, la resurrección de Cristo nos da la certeza de que podemos confiar en las palabras, obras y promesas de Dios: con Dios siempre hay victoria, con Cristo somos siempre vencedores.
Es importante notar cómo los Hechos de los Apóstoles y la Carta a los Romanos hablan de la resurrección de Jesús: «Dios resucitó a Jesús de entre los muertos» (Hch 2,32; Rom 6,4). Al resucitar a Jesús, Dios tiene la última palabra sobre el sufrimiento y la muerte. La Resurrección revela que Jesús vivió en plena comunión con el corazón de Dios.
A nivel personal, hace casi un año perdí a mi madre. Su muerte despertó en mí muchas preguntas y dudas sobre la vida después de la muerte, el reino de los cielos, la fe en la resurrección y la vida eterna. Hoy, a pesar del dolor y la nostalgia que su recuerdo aún provoca, puedo ver esa pérdida como algo que viene de un Dios misericordioso, amoroso y sabio, que sabe y hace solo lo mejor para nosotros. Puedo decir: fue bueno que sucediera, y como sucedió. Pero para llegar a esta comprensión, tuve que atravesar intensos Viernes Santos y silenciosos Sábados Santos. La vida nueva llega cuando dejamos ir y nos dejamos abrazar por el amor de Dios.

La Pascua es una experiencia.


El Papa Francisco, en su última homilía de la Vigilia Pascual en abril de 2025, dijo: «Cuando el pensamiento de la muerte pesa en nuestros corazones, cuando vemos avanzar las sombras del mal en nuestro mundo, cuando sentimos las heridas del egoísmo o de la violencia en nuestra carne y en nuestra sociedad, no perdamos la esperanza, sino volvamos al mensaje de esta noche.» La Pascua es una experiencia. No es algo que deba demostrarse con argumentos teológicos o bíblicos sofisticados. ¿Siento en mi ser —cuerpo, corazón y alma— la resurrección del Señor? ¿Escucho y transmito mensajes de Pascua?

 Para ilustrar esto, cuento una experiencia vivida hace muchos años en Australia. Un domingo, después de la Misa, algunos feligreses decidimos hacer una larga caminata por el campo. Entre nosotros había una familia con dos hijos adoptivos —un niño y una niña de siete y once años. Mientras preparaba a los niños, la madre adoptiva sentó al niño en su regazo y comenzó a atarle los cordones. Mientras lo hacía, el niño, espontáneamente y con cariño, la abrazó diciendo: «mi querida mamá». La madre, llena de alegría, me miró y dijo: «Mary John, hoy es Pascua para mí. Esta es, para mí, la experiencia de la resurrección». El niño reconoció en ella a una «querida mamá» y no dudó en decirlo en voz alta.

¿Cuándo fue la última vez que di a alguien una experiencia de Pascua? ¿Cuándo animé a alguien ofreciéndole ánimo y cuidado?
En Porta Fidei, el Papa Benedicto XVI reflexiona así sobre el misterio de la resurrección:
«La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y del dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida sobre el vacío de la muerte: todo esto encuentra su cumplimiento en el misterio de su resurrección.»
No importa lo que estemos enfrentando, cuando lo vivimos con Cristo, todo cambia. Que este tiempo pascual nos ayude a experimentar la Resurrección del Señor: 
en los momentos en que el miedo da paso lentamente a la esperanza en los encuentros que renuevan nuestra feen el valor de proclamar, como las mujeres en el sepulcro: «Hemos visto al Señor.» ¡FELIZ PASCUA!
                 Hna. Mary John Kudiyiruppil, SSpS, Vicesecretaria Ejecutiva de la UISG.


 

viernes, 20 de marzo de 2026

5ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

 “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá …¿Crees esto?”


  En este relato, el evangelista orienta nuestra atención hacia el itinerario de fe que recorren Marta y María, cuyos nombres aparecen hasta ocho veces a lo largo del pasaje. En ellas se sitúa el diálogo teológico fundamental del relato. Ambas hermanas reaccionan de modo distinto, pero coinciden en una misma confesión dirigida a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Su fe reconoce en él al que ha curado a otros y que también habría podido evitar esta muerte. Sin embargo, el signo que Jesús realizará no tiene como finalidad simplemente devolver la vida a Lázaro, sino conducir a los discípulos y a quienes están presentes a una comprensión más profunda de quién es él realmente. El propio Jesús expresa que su demora está relacionada con el crecimiento de la fe de sus discípulos. 

 Si contemplamos el pasaje desde esta perspectiva, resulta fecundo fijar la mirada en María. 

 El relato se sitúa explícitamente en «la aldea de María y de su hermana Marta». Desde el inicio se subraya que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El verbo utilizado por Juan es ἀγαπάω (agapáo), que expresa un amor pleno, gratuito y dispuesto a entregarse. María aparece además presentada como una figura ya conocida por los destinatarios del evangelio: «era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos». El evangelista menciona aquí un gesto que narrará solo en el capítulo siguiente, estableciendo así una relación anticipada entre la escena de Betania y la unción que preludia la Pasión. En realidad, todo el relato establece una relación entre presente y futuro. El signo que Jesús está a punto de realizar anticipa tanto su propio destino como el proceso interior de fe de quienes lo rodean, especialmente de María y de su hermana. 

Jesús permanece fuera de la aldea y no entra hasta que María llega. El texto sugiere una espera significativa. «Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle se postró a sus pies». Repite las mismas palabras que Marta había pronunciado antes, pero el relato no se detiene en un diálogo prolongado. María sabe que solo él puede comprender su dolor. Y Jesús llora con ella. «Conmovido fuertemente» por su sufrimiento, su llanto no es un gesto de impotencia, sino la expresión de una compasión que asume el drama humano. El Hijo de Dios entra en la experiencia del dolor y de la muerte que pesa sobre quienes ama. 

Al mismo tiempo se vislumbra que también él deberá atravesar la muerte para revelar plenamente que él es la Vida. 

En esta escena resuenan también ecos del episodio narrado por Lucas en la visita de Jesús a casa de Marta y María. Allí, María estaba sentada a los pies del Maestro escuchando su palabra. Aquí, permanece sentada en casa hasta que el Maestro la llama. El detalle es significativo: María no se mueve impulsivamente; espera. Permanece hasta que llega la llamada. 

Si contemplamos conjuntamente las tres escenas evangélicas en las que aparece María de Betania, emerge su itinerario espiritual. En la primera aprende a situarse a los pies de Jesús para escuchar su palabra y custodiarla en el corazón. En la segunda aprende a esperar la llamada del Maestro. Su lógica le dice que Jesús podría haber evitado la muerte de su hermano, pero su fe comienza a madurar y descubre que el Señor tiene sus tiempos. 

Finalmente, en Jn 12, María vuelve a inclinarse a los pies de Jesús, no ya para escucharle, sino para habitar un silencio cargado de gestos de gratuidad y amor. El perfume derramado simboliza una vida entregada sin reservas. Como el perfume que se gasta por completo, la vida ofrecida por amor puede parecer inútil a los ojos del mundo. Sin embargo, el gesto de María revela una profunda comunión con el corazón de Cristo. María cuida a Jesús en el momento en que su camino hacia la cruz comienza a hacerse evidente. 

El relato concluye afirmando que muchos de los que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él. La casa de María se convierte así en un lugar donde la fe comienza a nacer. La fe se difunde como el perfume, no puede retenerse ni controlarse, sino que se expande gratuitamente. 

Contemplado desde nuestra realidad actual, este evangelio nos plantea una pregunta exigente. En un mundo marcado por la guerra, la creciente hostilidad y la incertidumbre, ¿qué tipo de presencia estamos llamadas a ofrecer? Si la casa de María fue lugar de encuentro con el Dios verdadero, también hoy estamos invitadas a recrear espacios de hogar, acogida y escucha.

El camino cuaresmal hacia la Pascua es un camino repleto de miradas y gestos con el Maestro. De palabras sinceras y desnudas, entrecruzadas con él en la intimidad del corazón. Como María, estamos invitadas a pasar de la lógica limitada del «si hubieras estado aquí» a una fe que aprende a esperar, a escuchar y finalmente a entregarse, derramando el perfume de la propia vida.Ante toda tumba y lugar de muerte, hagamos posible que resuene la palabra de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?». Jesús no es una promesa para un futuro mejor, es la Vida, en presente.

comentario al Evangelio de Juan (11,1–45) a cargo de Hna. Julia María Violero Álvarez


jueves, 12 de marzo de 2026

4ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

De la ceguera a la vista, de la oscuridad a la luz

«Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» Romanos 5,5

Ser ciego debe de ser una discapacidad debilitante que priva de muchas posibilidades de vida. Así debió de ser también en tiempos de Jesús, cuando las personas ciegas, los discapacitados físicos, quienes padecían enfermedades mentales, los poseídos por espíritus malignos y las mujeres discriminadas estaban entre aquellos a quienes Él favorecía especialmente en su misión de sanar y redimir. Los ciegos quizá no podían ver a Jesús, pero lo más importante es que Cristo veía su ceguera no como un pecado, sino como una ocasión «para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3). Es esta alegría interior de experimentar a Cristo la que provoca no solo la restauración de la vista, sino también la renovación del corazón: «caminamos por la fe y no por la vista» (2 Cor 5,7). La alegría no consiste solo en ver a Jesús, sino en vivir y estar con Él: esto es lo que significa la vida consagrada.

En este cuarto domingo de Cuaresma, domingo Laetare, cuando Jesús se encuentra con el hombre ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), la vista que le devuelve no solo le permite ver el mundo, sino, sobre todo, acoger con fe a Aquel que lo ha sanado. Laetare resuena como la plenitud de la alegría, no solo por lo que uno ve, sino por acoger a Jesús mismo, la Luz del mundo (Jn 9,5). A diferencia de los vecinos del ciego (Jn 9,8-12), cuya curiosidad y desconocimiento les impedían reconocer a Jesús. La inquisición, la sordera y las dudas de los fariseos también los cegaban ante la luz que Jesús mismo ofrecía (Jn 9,13-34). Así, Jesús se dirige a otro tipo de ceguera: no física, sino espiritual (Jn 9,35-41).

La ceguera espiritual en la vida consagrada, como la de los fariseos en Juan 9, se refiere al riesgo de centrarse únicamente en lo externo (normas, apariencias) en lugar de poseer una verdadera visión espiritual (amor, misericordia, la luz de Jesús). Significa priorizar las estructuras sobre las personas o sobre la misión, no reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana, ignorar las inspiraciones interiores o las áreas de crecimiento, y “ver” solo desde la propia perspectiva personal y no desde la de Dios. Este domingo Laetare llama con urgencia a las mujeres consagradas a responder a esta ceguera espiritual mediante un corazón renovado y una mente transformada: 

  • Abrazar y practicar la escucha profética: atender al clamor de los pobres.
  • Servir con humildad: ser sensibles a las necesidades de los enfermos en nuestras comunidades.
  • Acompañar, orientar y comprometerse en el ministerio de la presencia.
  • Guiar, como la mujer samaritana (Jn 4), que al ver a Jesús conduce a otros hacia Él.
  • Compartir historias de la misericordia de Dios, revelando su luz en medio de la oscuridad.
El Papa Fracisco ha exhortado a las mujeres consagradas a convertirse en «portadoras de luz en el mundo de hoy mediante su testimonio fiel de los consejos evangélicos».En este camino cuaresmal, sigamos buscando no solo la luz de Cristo, sino a la persona misma de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida.Que nosotras, como mujeres consagradas, no solo anhelemos el amor de Dios, sino también al Dios del amor.Como María en este domingo Laetare, que nuestra esperanza gozosa esté firmemente anclada en Cristo.

Comentario al Evangelio de Juan (9,1–41)  a cargo de Hna. Mariel de Villa, OP.